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Desfile de modas frente al Palacio Potala.

La amplia avenida Lhasa.
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Sentado
en la tranquilidad de un bar, poéticamente denominado
La Isla de los Pingüinos, escuchando una
música rítmica y ligera de saxofón, yo
tomaba un café delicioso contemplado la vida de la
ciudad en la que ahora me encontraba. Delante de la puerta,
estacionadas en un extraño y armonioso desorden, brillaban
bajo el anaranjado sol del ocaso seis o siete motos Honda
y Susuki. En las aceras, despreocupados y tranquilos, se paseaban
centenas de personas de diferentes aspectos, unos, de toda
evidencia locales, otros, venidos de todos los rincones del
mundo. Durante un instante tuve la sensación de encontrarme
en una de las grandes ciudades de la costa de China oriental.
Pero el ver pasar delante de las blancas ventanas de la cafetería
donde yo estaba, continuamente, a monjes lamaistas, haciendo
girar su molino de oraciones y casi siempre seguidos por un
perro, y reconocer la magnificencia del Palacio Potala que
se alzaba no muy lejos, me informaron con claridad que yo
me encontraba en Lhasa, en la meseta Qinghai-Tíbet,
la capital de la Región Autónoma del Tíbet.
Viajar por Tíbet es un ardiente
deseo abrigado por los jóvenes como yo. Al día
siguiente de mi llegada a Lhasa ya había superado
el malestar causado por la gran altitud en la que se encuentra
la ciudad. No bien salí a pasear me enamore perdidamente
de Lhasa, no sólo por ser cuna de la cultura tibetana;
también, porque es una ciudad llena del espíritu
de nuestra época.
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