2001-2

   ESPECIAL


LOS ENCANTOS DE LHASA
Texto: Jiang Yunggang
Fotos: Che Gang

 


Desfile de modas frente al Palacio Potala.


La amplia avenida Lhasa.

     Sentado en la tranquilidad de un bar, poéticamente denominado “La Isla de los Pingüinos”, escuchando una música rítmica y ligera de saxofón, yo tomaba un café delicioso contemplado la vida de la ciudad en la que ahora me encontraba. Delante de la puerta, estacionadas en un extraño y armonioso desorden, brillaban bajo el anaranjado sol del ocaso seis o siete motos Honda y Susuki. En las aceras, despreocupados y tranquilos, se paseaban centenas de personas de diferentes aspectos, unos, de toda evidencia locales, otros, venidos de todos los rincones del mundo. Durante un instante tuve la sensación de encontrarme en una de las grandes ciudades de la costa de China oriental. Pero el ver pasar delante de las blancas ventanas de la cafetería donde yo estaba, continuamente, a monjes lamaistas, haciendo girar su molino de oraciones y casi siempre seguidos por un perro, y reconocer la magnificencia del Palacio Potala que se alzaba no muy lejos, me informaron con claridad que yo me encontraba en Lhasa, en la meseta Qinghai-Tíbet, la capital de la Región Autónoma del Tíbet.

    Viajar por Tíbet es un ardiente deseo abrigado por los jóvenes como yo. Al día siguiente de mi llegada a Lhasa ya había superado el malestar causado por la gran altitud en la que se encuentra la ciudad. No bien salí a pasear me enamore perdidamente de Lhasa, no sólo por ser cuna de la cultura tibetana; también, porque es una ciudad llena del espíritu de nuestra época.


El palacio Potala.